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“Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre. Dios, padre mío, nunca podré terminar de agradecerte el que me hayas puesto en el mismo sendero que a Celeste. Es el milagro más grande con que se puede bendecir a un ser. Gracias mi señor. Amén”.

Lalo jugaba pelota en el inmenso jardín de la residencia cuando alcanzó a escuchar el apasionado rezo. La voz provenía del cuarto del fondo, donde se encontraban los dormitorios de la servidumbre. Al llegar a la habitación de Jacinto, el jardinero, se detuvo y en una diminuta rendija pegó el ojo. El hueco era tan pequeño que Lalo sólo podía ver dos toscas manos, unidas; tras el último “amén”, el cuerpo se giró y entonces apreció con claridad los morenos dedos entrelazados, y las uñas atascadas de tierra, pegadas al rostro curtido de profundos surcos formados por el sol de incontables abriles.

Jacinto se incorporó para continuar haciendo sus labores de jardinería y Lalo, al notar que estaba a punto de salir, salió como bólido persiguiendo su pelota.

De dos costales, Jacinto tomó abono especial para enverdecer el pasto seco y otro puño para ayudar a “florecer las flores”. Comenzó a trabajar siguiendo la barda que colindaba con la calle. Al pasar por una de las puertas observó que el patrón abordaba su Cadillac CTS V Coupé. El chofer colocó su maleta en la cajuela, lo cual indicaba que el Sr. Scott nuevamente estaría ausente varios días. Después, Jacinto vio como se iba haciendo pequeña la placa que decía “Diplomático”, y feliz siguió rociando el agua alrededor de los alcatraces.

Conocía perfectamente la rutina de la solitaria Celeste, la esposa del Sr. Scott. Se levantaba a las nueve por lo que cerca de las diez, a través de la ventana de su habitación, podía deleitarse en el suculento ritual de observar como se arreglaba después de haberse dado un baño.

Intentando confortar su abandono, al medio día, gustaba de preparar algún postre, por lo que Jacinto tenía la oportunidad de verla un poco más de cerca y darle los buenos días a sus ojos tristes, en el momento en el que abría el ventanal.

Para la una de la tarde, Jacinto terminó de revisar cada parte del jardín y puntual, se colocó debajo de la terraza principal a esperar a que Celeste saliera a tomar su café en la mesita que daba a los rosales, sus flores predilectas.

Desde ese lugar, en lo que removía la tierra y retiraba los pétalos secos, Jacinto de vez en vez alcanzaba a intercambiar un par de palabras con la señora y mientras la veía, pensaba: “¡Dios, hay veces que quisiera arrancar de raíz todas las rosas porque su fragancia me impide gozar de ese aroma carnal, tan natural, que emana de su piel”!

 

Por la tarde, Jacinto se recuesta en el piso de su cuarto; está exhausto, pero antes de que el cansancio termine por dormirlo, reza:

“Padre mío, me has iluminado. Por fin he comprendido la misión que me has encomendado. Perdóname por ser tan ciego. Yo la cuidaré. Jamás nadie ni nada osará dañarla. Bendícela, ¡Oh padre mío! Yo velaré por ella”.

Derrumbado, en posición fetal, percibe aún a Celeste; y es que instantes antes, mientras terminaba sus labores, ella pasó a su lado y más allá del eterno vaho a virginidad, esta vez se alcanzó a filtrar un muy sutil aroma “a ella”, a la esencia de sus partes intimas, lo cual fue suficiente para que Jacinto no resistiera y con prontitud huyera al refugio de su cuarto con el deseo incontenible de tocarse a sí mismo; sin embargo, es tarde, para cuando logra bajar el pantalón, su cuerpo tiembla agotado, frágil, ya sin fuerza. Liberado de toda presión corporal y emocional, por lo menos durante unas horas. Reza. Duerme.

 

Hoy es jueves, un día muy especial porque toca arreglar las jardineras de las habitaciones. Al clarear la mañana, Jacinto se hinca ante su altar:

“Padre. Tú sabes que la he cuidado, pero… ¿por qué no puede ser mía?” De su morral, saca las varas de un grueso rosal y comienza a  flagelarse. Las filosas espinas sangran su espalda y rostro y grita con extrema pasión: “¡Acaso soy menos que ella! ¡Responde Dios! ¿Mi raza es inferior?”

No tarda mucho en regar las plantas del cuarto de visitas; tiene el tiempo perfectamente medido y no falla. Al salir, desde el pasillo puede verla tras la puerta emparejada.

Celeste acaba de salir de bañarse. Los rizos mojados escurren por su espalda gotas que se funden con sus pecas. Luce tan fresca. Por intermitentes, angustiantes, insoportables segundos se pasea con una blanca toalla que nace en su pecho y se extingue justo donde un prodigio encarna dos abultados y tersos muslos.

De pronto, la tela cae. El tiempo casi parece detenerse mientras la prenda de baño se desliza en el aire, con un vaivén suave, como si se tratara de un paño de ceda que descubre, ante los ojos incrédulos de Jacinto, las caderas más bellas, nunca imaginables ni siquiera en su más profunda quimera.

Se pasea pausadamente, con cadencia, hasta alcanzar la crema francesa. Con el blanco líquido, acaricia su pecho, las piernas, y el precipicio de su cintura que se pierde en el vientre que feroz, se adhiere a sus huesos.

Jacinto siente desfallecer. Se lleva las manos a la cara. Llora. Llora. Llora.

“Gracias, Dios mío, por darle vida a este ángel”, implora al cielo antes de abrir bruscamente la puerta de la habitación.

A ciencia cierta, nadie supo bajo que circunstancias se dio el eclipse ese día.

¿Será que Jacinto, sin siquiera el consentimiento de su propio Dios, buscando la venganza que la raza de bronce arrastrara desde sus ancestros, poseyera a Celeste para saciar su sedentaria furia?

¿O habrá sido que el deseo carnal alimentado por tanta soledad, provocara que la reina blanca se entregara por cuenta propia bajo un disfrazado sacrificio voluntario?

 

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